El maíz, gran invento mexicano para la alimentación del mundo

Ante el reto de garantizar alimentación de una población cada ves más creciente, el maíz mexicano y sus diferentes variedades representan una oportunidad de contar con una fuente de alimentación para el futuro, independientemente de los efectos del cambio climático.

Así lo aseguraron los especialistas de la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), Alicia Mastreta y Mauricio Bellón, al compartir la investigación que este organismo llevo a cabo sobre el potencial de maíz mexicano.

En entrevista, Alicia Mastreta recordó el alto valor que guarda el maíz, al ser “un invento de México, luego de ser domesticado hace 10 mil años por las antiguas poblaciones prehispánicas, a partir de una semilla silvestre conocida como teocintle”.

Aseguró que el maíz “es un invento de los mexicanos, pero a su vez podemos decir que los mexicanos son un invento del maíz, porque no hubiéra sido posible construir las civilizaciones prehispánicas de Mesoamérica sin este cultivo”.

El maíz es una planta maravillosa, porque tiene gran capacidad de adaptación, de manera que se le puede ver creciendo a nivel del mar y alcanzar grandes alturas, características por las que se la han llevado a otras partes del mundo como alimento.

Esta semilla es versátil pues hoy también se le dan usos como cereal forrajero o como fuente de biocombustible, y todo gracias a una labor de evolución que se le pueden atribuir a los campesinos mexicanos.

Contrario a lo que muchos consideran, los pequeños productores continúan siendo una clave importante para la producción del maíz en México, pues es gracias a su labor que hoy existe una gran variedad de al menos 60 razas nativas que se han adaptado a diferentes condiciones de clima y ecosistemas.
La investigadora aseguró que hablar de maíz en México, es hablar de maíces, y destacó que se produce en agricultura campesina o de tipo comercial.

Reveló que lo que diferencia entre ambas agriculturas es la intensidad de producción, de manera que el agricultor campesino puede que únicamente produzca hasta tres toneladas por hectárea, mientras que un productor intensivo como los de Sinaloa producen hasta ocho toneladas por la misma extensión de tierra.
A primera vista y bajo una visión global, en donde se busca incrementar la producción para garantizar la alimentación, al productor campesino se le suele ver erróneamente como “un lastre” para la agricultura nacional porque produce menos de tres toneladas por hectárea.

Sin embargo, si se ve desde un punto de vista crítico, descubriremos que los pequeños productores, al producir solo para su autoconsumo, continúan con la práctica milenaria que llevó al mexicano a inventar el maíz que hoy conocemos, al seleccionar los mejores granos para las siembras futuras.

De esta manera, los pequeños productores en realidad son los ingenieros del maíz, pues en su proceso de selección aseguran las variedades genéticas más resistentes para el futuro, además de que ayudan a que continúe el proceso evolutivo.

Como resultado, tenemos que hay pequeños productores que son capaces de sembrar maíz en lugares áridos o pedregosos, donde normalmente el maíz hibrido nunca se daría, y todo gracias a que han ayudado a seleccionar los granos que mejor se adaptan a dichas condiciones.

En pocas palabras, “los campesinos están produciendo donde los productores intensivos no podrían, entonces de entrada estamos obteniendo maíz en lugares donde la agricultura convencional no sería rentable o es muy complicada”.

Pero además, dijo, resulta que los pequeños productores agricultores trabajan en conjunto cerca de 4.6 millones de hectáreas, “y cuando se multiplica esa producción, estamos hablando de millones de toneladas de maíz que alcanza para alimentar a 55 millones de mexicanos”.

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